Miami: el otro frente de confrontación al gobierno de Nicolás Maduro

El sol brillaba sobre los casi cien manifestantes que el 1 de junio caminaron por el centro de Miami. José Antonio Colina, un líder de los exiliados venezolanos, se paró frente a un edificio alto y dirigió a la gente que gritaba consignas indignadas: ¡Goldman Sachs, bloody money!  “Goldman Sachs se beneficia de la matanza de venezolanos”, gritó Colina refiriéndose a la reciente compra de 2,8 mil millones de dólares en bonos venezolanos con grandes descuentos. “Le están bombeando oxígeno a la dictadura”.

Miami, hogar de más de 100.000 venezolanos, se ha convertido en el centro neurálgico de un amplio movimiento de protesta que busca el derrocamiento de Nicolás Maduro. Bajo su mandato, Venezuela ha sido azotada por la violencia, las protestas masivas, el desempleo, así como la escasez de alimentos, medicinas y gasolina. Como resultado, decenas de miles de venezolanos han migrado a Estados Unidos en los últimos años, muchos de ellos se radicaron en Doral, un suburbio de Miami conocido como “Doralzuela”.

Pero los opositores al régimen venezolano no son los únicos que viven en la zona. Desde hace varios años, muchos venezolanos que son simpatizantes del chavismo y del gobierno de Maduro compran casas lujosas, vacacionan, invierten o inician nuevas vidas aquí. Esto ha enfurecido a los exiliados de Venezuela, que los acusan de saquear su patria y luego escaparse a vivir mejor en Estados Unidos, un país que han demonizado desde hace mucho tiempo. Los exiliados los llaman “boliburgueses” o simplemente “bolichicos”.

Como sigue creciendo el número de chavistas en Miami, los exiliados han ido más allá de las protestas tradicionales —como la que hicieron contra Goldman Sachs— y han logrado una forma de confrontación pública mucho más íntima en la que hacen sus denuncias, cara a cara, contra los supuestos culpables. Esas protestas buscan afectar la vida cotidiana de los chavistas que están cómodamente residenciados aquí y, quizá, lograr que salgan de Estados Unidos.

Estas acciones son difundidas a través de las redes sociales y se convierten en noticias que se divulgan rápidamente entre los exiliados y la gente que vive en Venezuela. Esos actos personales conllevan un gran impacto emocional, pero también pueden generar grandes críticas porque a menudo se realizan afuera de las residencias privadas o incluso dentro de los establecimientos donde los chavistas son confrontados personalmente.

Cuanto más personal es la protesta, más visceral se vuelve para los actores involucrados. El mes pasado, un exministro del gobierno de Chávez, Eugenio Vásquez, desayunaba con una persona en Don Pan, una popular panadería venezolana de Doral, cuando un cliente lo reconoció. El hombre se acercó a Vásquez y comenzó a increparlo. Pronto, otras personas se le unieron y el momento fue capturado en video, como pasa con la mayoría de esas acciones.

“Fuera, fuera”, “Rata”, “Ladrón”, le gritaban las personas. Mientras aumentaba el escándalo, Vásquez y su acompañante se levantaron de la mesa y silenciosamente abandonaron la panadería. Este tipo de confrontaciones públicas contra los chavistas —algunas suceden por casualidad, y otras son organizadas— no se limitan a la Florida. Ocurren en todo el mundo, particularmente en España, otro foco del activismo antichavista.

Hace poco, los opositores golpearon cacerolas y abuchearon al corrupto embajador venezolano en España mientras caminaba por la calle; también le arrojaron basura a un alto diplomático; y en el mostrador de una panadería madrileña, le gritaron “asesino” al gerente general de una corporación venezolana señalándole que mientras compraba pan y dulces, la gente se moría de hambre en Venezuela. En la playa australiana de Bondi, dos mujeres confrontaron a la hija del alcalde de Caracas mientras ella caminaba despreocupadamente por un paseo marítimo, preguntándole en español: “¿Tienes miedo?”.

Las increpaciones públicas también pueden emplear otras tácticas. La más famosa es el escrache, una acción colectiva que se despliega frente a la casa o el trabajo de una persona con el fin de avergonzarlo. Fue popularizado por los argentinos que comenzaron a denunciar a los represores y cómplices de la última dictadura en Argentina, durante la cual torturaron y desaparecieron a 30.000 personas. Los familiares y amigos de los desaparecidos tomaron la iniciativa de realizar escraches contra militares y funcionarios que habían sido amnistiados por sus crímenes.

Los españoles también utilizaron esa táctica de forma eficaz en 2013, durante la recesión económica del país, cuando las personas eran desalojadas de forma rutinaria de sus hogares. Para presionar a los políticos para que cambiaran la ley de desahucio, los manifestantes expresaban sus quejas sobre los terribles efectos de esas medidas legales, de acuerdo con Cristina Flesher, profesora de la Universidad de Aberdeen, quien ha escrito libros y artículos sobre los escraches.

“Se presenta de formas distintas pero, en realidad, se trata de una acción colectiva de testigos en vez de una sola persona indignada en la calle”, dijo. “La clave es mantener el nivel moral alto”.

En Miami, los manifestantes han celebrado varios escraches en el último año en las casas o negocios de los venezolanos que llaman “enchufados”, es decir, personas que están relacionadas al gobierno. Muchos de ellos son organizados por Colina y su grupo llamado Venezolanos Perseguidos Políticos en el Exilio (Veppex). Colina es un exoficial del Ejército venezolano que en 2003 huyó de su país para buscar refugio en Miami tras ser acusado por el gobierno de Chávez de plantar bombas en Caracas. Estados Unidos decidió no extraditarlo.

Cuando los exiliados se enteraron de que Iroshima Jennifer Bravo, una exdiputada del gobierno venezolano, se radicó en Miami y había abierto un spa en Doral el año pasado, comprobaron los registros de propiedad y luego hicieron un escrache frente al spa. Bravo tuvo que cerrar el negocio. “Hacemos estos escraches para que se devuelvan a Venezuela”, dijo Jani Méndez, de 45 años, quien ha participado en ocho de esas acciones. “Son unos hipócritas”.

El mes pasado, los exiliados en Orlando se manifestaron afuera de la casa de un exalmirante de la Armada venezolana. Con un megáfono, un portavoz de Veppex se aseguró de que los vecinos del militar se enteran de quién es y qué había hecho.

“En esta casa vive Aniasi Turchio”, dijo el portavoz. “Este es el tipo de persona que le ha dicho a la gente de Venezuela, que tiene hambre, que no tiene ni medicinas y que está comiendo de los basureros, que el socialismo es bueno y que los imperialistas están perjudicando al país, y miren cómo vive”.

Flesher comenta que los escraches pueden ser contraproducentes a menos que los manifestantes estén bien organizados, orientados por ciertas reglas y seguros de los errores que los chavistas han cometido. En Miami, los manifestantes hace poco realizaron un escrache frente a la casa de Weston de Dayva Soto, una exjueza venezolana que fue acusada de colaborar con el gobierno. De hecho, hasta el momento de su renuncia, la jueza había sido elogiada por su integridad y fue la responsable de liberar al líder opositor, Henrique Capriles Radonski. Su única ofensa es vivir en Weston con un exviceministro del gobierno de Chávez.

“Nunca tomé decisiones influenciadas por la política”, dijo Soto en Twitter después del episodio. “Y renuncie al advertir que la independencia de los jueces en Venezuela estaba en riesgo”. Luego los exiliados venezolanos reconocieron que era un error enfocarse en la jueza y no en su marido. “En términos de efectividad, todo gira alrededor de la credibilidad”, dijo Flesher. “En el momento en que te alejas de los hechos que son verificables, te expones a ser atacado”.

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