El edificio Copan revitaliza el paisaje de São Paulo

Giovanni Bright no se atrevía a conversar con sus vecinos en el elevador cuando compró su departamento, hace 31 años. “No sabías quién estaba parado a tu lado”, dijo. “Había narcotraficantes en los pisos superiores y algunos de los departamentos eran hostales de mala muerte para las prostitutas del lugar”. Pero era económico: tan solo 18.000 dólares por un departamento de dos habitaciones cerca de su trabajo en el centro de São Paulo. Y su compra lo hizo acreedor a parte del patrimonio cultural de Brasil: el departamento está en el colosal edificio Copan, diseñado por el afamado arquitecto Oscar Niemeyer en la década de 1950.

“Al principio pensé que era un pequeño desastre”, comentó Bright, un mago profesional que cría palomas en su cuarto de lavado y que ha convertido una de sus habitaciones en bodega para su colección de esmóquines, disfraces y recuerdos. “Pero no puedes evitar enamorarte de su belleza y su poder”. Evidentemente, hoy no se arrepiente de haber tomado esa decisión. Su departamento está valuado en casi un cuarto de millón de dólares.

Con el tiempo, las prostitutas y los narcotraficantes dieron paso a los artistas, estudiantes y empresarios adinerados atraídos por la idea de vivir en un edificio icónico. A su vez, dicha transformación impulsó el resurgimiento de una zona de la ciudad más poblada de Brasil que en algún momento fue temida y evitada por la gente, pero que ahora atrae visitantes a sus galerías, pistas de patinaje y restaurantes de moda.

El elegante edificio, cuya imponente forma semeja la virgulilla sobre la “a” de São Paulo, es el símbolo del éxito de Niemeyer en la ciudad, un arquitecto famoso por haber diseñado la vanguardista capital Brasilia desde sus cimientos. Es el hogar de más de cinco mil personas que habitan departamentos que van desde estudios del tamaño de un huevo hasta espaciosos penthouses. Con 72 tiendas y restaurantes ubicados en la planta baja, la construcción recibió su propio código postal y fue declarado el edificio residencial más grande de Latinoamérica: una ciudad dentro de otra.

No obstante, hubo problemas desde el inicio. El diseño original de Niemeyer, que incluía un hotel adyacente, no se realizó en su totalidad. Los desarrolladores agotaron su presupuesto y vendieron el proyecto a un banco antes de terminar la construcción. Los primeros inquilinos se mudaron al edificio Copan en 1962, pero a finales de aquella década los paulistanos, como se conoce a los habitantes de la ciudad, comenzaron a huir hacia los suburbios.

“Fue una larga época de decadencia”, señaló Affonso Celso Prazeres de Oliveira, un ingeniero químico que compró un departamento en el edificio a principios de los años sesenta y que se convirtió en administrador del edificio Copan en 1993.

Muchos edificios abandonados en el centro de São Paulo fueron habitados por indigentes que los ocuparon de forma ilegal durante esa época, mientras los drogadictos montaban tiendas en las calles y en lo que alguna vez fueron elegantes parques. El edificio Copan no fue inmune a este declive. “La década de los ochenta fue la peor época”, afirmó De Oliveira.

Affonso Celso Prazeres de Oliveira, administrador del edificio Copan, en su escritorio en el centro de São Paulo

De Oliveira, conocido como el “alcalde” del Copan, es a quien le reconocen el renacimiento del edificio. Una de sus primeras acciones fue prohibir la prostitución y la venta de droga: los inquilinos que se negaban a cumplir con las normas recibían multas y se les amenazaba con el desalojo. Mandó instalar cámaras de seguridad y elevadores nuevos y arregló el deteriorado estacionamiento. Los propietarios quedaron encantados con la nueva mano dura de la administración y votaron en repetidas ocasiones para alargar su periodo.

De Oliveira también visitó las áreas para drogarse al aire libre que se habían diseminado por las calles aledañas y convenció a los adictos de mantenerse alejados del edificio Copan. Esto le ahorró tener que colocar múltiples capas de portones y guardias que bloquearan la entrada, como sucede en la gran mayoría de los edificios residenciales de São Paulo.

Sus esfuerzos se complementaron con la inversión pública en materia de seguridad, áreas peatonales, ciclovías e iniciativas culturales durante el periodo de auge de Brasil a finales del siglo pasado. Hoy en día, mantener a los propietarios e inquilinos en el edificio ya no es un desafío. Entre ellos se encuentra Rodrigo Cerviño Lopez, un arquitecto que se mudó a uno de los departamentos más grandes hace 15 años y quien también ayudó a convertir una gran área abandonada del Copan en Pivô, una galería y espacio artístico.

En su departamento del piso 16, derribó muros y abrió espacios para aprovechar al máximo la vista de la ciudad y la corriente de aire generada por la innovadora fachada de Niemeyer. Las cornisas horizontales de concreto, conocidas como parasol, envuelven la fachada del Copan y proporcionan sombra a los departamentos a pesar de sus ventanales de piso a techo, además de darle al edificio una apariencia distinguida.

“El diseño funciona”, apuntó Cerviño Lopez. “No está permitido alterar la fachada pero no es algo que querrías hacer. Es como tener aire acondicionado incluido”.

Rodrigo Cerviño Lopez, un arquitecto que se mudó a uno de los departamentos más grandes hace 15 años y quien también ayudó a convertir una gran área abandonada del edificio en una galería y espacio artístico.

Los empresarios han acelerado la gentrificación. En 2008, Janaina Rueda inauguró el Bar da Dona Onça en lo que había sido una tienda cerrada en la planta baja del edificio. Cuando el bar cobró auge, ella y su esposo, el famoso chef Jefferson Rueda, se mudaron a un departamento dentro del edificio con sus dos hijos. “El edificio Copan es la zona cero para la revitalización del centro”, comentó Rueda acerca del centro de São Paulo.

Incluso renunció a su empleo en un restaurante con estrellas Michelin en uno de los barrios más acaudalados de São Paulo para invertir en su propio restaurante, A Casa do Porco, a dos cuadras del Copan. A pesar de que se inauguró en 2015, cuando Brasil entró en su peor periodo de recesión en la historia, a diario hay fila para entrar al restaurante. “Aquí no hay crisis”, dijo Rueda al referirse a la zona gentrificada del centro.

Sin embargo, no todos tienen esa certeza. Paula Lacerda, quien dirige paseos turísticos a pie por el centro de São Paulo, explicó que la crisis financiera ha reducido las opciones culturales y ha favorecido la delincuencia. Lacerda advierte a sus grupos acerca de las “pandillas en bicicleta”, que se especializan en robos relámpago: roban y se alejan a toda velocidad. De acuerdo con cifras oficiales, el robo de teléfonos celulares se ha incrementado un 40 por ciento en los últimos dos años y la mayoría de los robos ocurren en el centro y en zonas de tránsito peatonal. “Si las cosas empeoran”, comentó Lacerda, “creo que la gente podría abandonar el centro de nuevo”.

Hace dos años, se colgó una gigantesca red sobre la fachada del edificio para evitar que las tejas cayeran sobre los transeúntes. De Oliveira también espera atraer publicidad a la fachada del Copan, un monumento arquitectónico que cautiva a cientos de visitantes a diario, pero hasta ahora no ha tenido suerte. “Hoy en día los presupuestos son limitados”, señaló, “lo que significa que las remodelaciones que iban a tardar tres años podrían durar todavía más”. “Estamos en un momento excepcional”, dijo De Oliveira. “Pero eso no significa que hayamos terminado nuestro trabajo”.

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