Una Navidad en Caracas, por Carlos Sandoval

Es 24 de diciembre y vamos temprano al mercado a comprar leche. Hay rumores de que en algunos puestos la venden sin restricciones, aunque a precios exorbitantes. Es mejor comprarla ya o el costo se duplicará en 48 horas. Dejamos un salario mensual por doce litros de leche: 816.000 bolívares. Es Navidad, pero el ambiente está apagado: nadie compra ingredientes para las hallacas, nuestro pastel de harina de maíz envuelto en hojas de plátano, relleno con un guiso de res, pollo, cerdo, pasas, aceitunas, alcaparras y cocido en agua. Es el plato gozoso e imprescindible en toda celebración de Nochebuena.

Este año no será así. El rito de la tropa dirigida por matronas que juntan a sus familias para preparar las hallacas terminó un año atrás, por lo menos. Ahora solo tenemos inflación y escasez. La Navidad en Caracas, y quizá en todo el país, se convirtió en un peregrinaje por la sobrevivencia. Buscamos algo de comida para remontar el día: espaguetis, huevos, granos; nada de turrones, licores o tartas, ni siquiera es posible darse un gusto con las nueces.

No hay ningún tipo de carne, tampoco buhoneros (vendedores ambulantes) ofreciendo fuegos artificiales. En una tienda de ropa la dependiente se queja de las pocas ventas. En los cafetines, las alcancías para las propinas navideñas también revelan la carencia: no hay efectivo para llenarlos.

A mediodía los mensajes telefónicos intentan levantar el ánimo de otros tiempos: ¿qué harán?, ¿consiguieron algo para la cena? Una hermana dice que comerá arroz con aguacates cosechados en su patio y un puñado de camarones que le cambió a un vecino. Una sobrina comerá una hallaca que le regalaron a su mamá. El hermano mayor llenó dos bolsas coloridas con golosinas como presente del Niño Jesús, la versión local de Papá Noel, para sus pequeñas. Antes les explicó que “a Chucho la crisis lo tiene contra las sogas”. Es una razón más compasiva que la que le escuché a la madre de una niña de seis años: “Yo soy el Niño Jesús, mija, y no tengo para comprarte ningunos patines”.

A media tarde exploramos posibilidades para que la cena no pase en blanco. Imposible: el pan de jamón supera más de la mitad de un sueldo mínimo, el ponche crema casi dos sueldos. Nos resignamos a unas salchichas con puré de batatas.

Es 24 y en Caracas tampoco hay pernil: las promesas de las autoridades de abastecer a los más necesitados con un muslo de cerdo, otro de los platos típicos de la noche, se esfumó en medio de un supuesto sabotaje del gobierno de Portugal que impidió que las provisiones de cochino llegarán.

Las filas de los cajeros automáticos son tan largas que se confunden con las de los camiones que rematan verduras y ropa usada en la calle. Una mujer muy joven, con un bebé en brazos, ofrece caramelos y canicas por 1000 bolívares. No son necesarios gráficos ni análisis: la mesa de la Navidad de 2017 es la imagen más clara de la crisis económica.

Por la noche recordamos diciembres lejanos: las fiestas donde sobresalía la bonanza, vestidos nuevos, parrandas hasta el amanecer, la música llenándolo todo. Ahora sorprende el silencio: sin triquitraquis, sin cohetones, sin luces en el cielo. Navidad de estrecheces, de gente que come de la basura, de caras largas y desesperanzadas.

Un hombre pasa vendiendo café. A lo lejos se oye una vieja canción y la sirena de una ambulancia. En un canal del Estado transmiten un rumboso concierto. La Nochebuena llega callada a una ciudad que parece dormida. Es como si entramos a otro siglo, uno precario y de falsas utopías.

Nos percatamos de que es 25 porque el vecino de abajo –esquizofrénico, tiene meses sin medicación– comienza su rutina de gritos, maldiciones y azote de puertas. Siempre lo hace pasadas las dos de la madrugada. Antes de echarnos a dormir llamamos a los viejos: todo bien, mucho frío, “la pasamos solitos”: ninguno de los hijos se atrevió a desafiar el miedo para cruzar la ciudad con más homicidios per cápita en el mundo y acompañarlos en la magra cena. La vida vale poco, aunque cuesta mucho sobrevivir.

El 28 de diciembre, algunos venezolanos tomaron las calles de Caracas para protestar por la escasez de comida. Son los mismos que meses atrás llamaban “guarimberos” a los estudiantes que peleaban por libertad.

Tres días después de Navidad, las protestas por la promesa incumplida hicieron que las fuerzas policiales antimotines se desplegaran por la ciudad. Le llamaron la “revolución del pernil”. En su saludo navideño a las fuerzas armadas, el dictador le llamó a esos pequeños brotes de indignación en las zonas más pobres de Caracas “grupos violentos”. Al ejército les pidió actuar con mano dura, “con todos sus equipos de inteligencia”.

En unos días recibiremos el nuevo año: 2018 llegará con la misma incertidumbre. No saber si comeremos todos los días, no saber si encontraremos medicinas, no saber si tendremos trabajo. Lo que habrá, estoy seguro, será filas largas, escasez y miseria. Una Navidad sin pernil ni hallacas y, lo que es peor, un año nuevo sin futuro.

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