¿Devastación a paso de vencedores?

La retórica siempre ha servido a la política para exagerar promesas dirigidas a afianzar próximas metas. Sin embargo, las realidades no son tan susceptibles como las hace percibir toda cháchara acicalada no sólo por el entusiasmo que el populismo es capaz de infiltrarle. También, por su contenido colmado de frases de contundente pegada o de fácil arrimada. Palabrerías que, por razones fríamente calculadas, saben amoldarse a coyunturas vacías de todo argumento conceptualmente consistente.

La dilatada pérdida de popularidad por parte de una dirigencia política, acobardada ante su cercana defenestración, constituye una de esas razones que alientan verborreas públicas sin mayores cuidados. Cualquier consideración que sobrepase los límites de la prudencia o discrecionalidad, termina convirtiéndose en una decisión sin que sus efectos sean sopesados. Esto hace que se corra el riesgo que su implantación compromete.

Es así que cuando se trata de minimizar algún costo político o de recuperar el espacio político perdido, cualquier aventura retórica es vista como conveniente determinación. Es el problema que envuelve encrespadas realidades políticas, sin que se adviertan las consecuencias que derivan de la susodicha situación. Pero también, es parte de las tentaciones que guían el proceder de un gobierno sustentado en improvisaciones. Soportado en proyectos de refractaria ideología política. O tal vez, reclinado sobre alevosas intenciones dirigidas a causar algún sofocón cuya fuerza contenga la suficiente descarga para convulsionar las mayores realidades posibles.

Las desdichadas decisiones decretadas desde la Presidencia de la República, respecto de cuánta aberración exhiban, son demostrativas de la ignorancia a partir de la cual está valiéndose el régimen para disolver el país. Con la ociosa excusa de afianzar, presuntamente, la soberanía nacional, así como validar la autodeterminación como principio de geopolítica, el gobierno central pareciera estar pretendiendo paralizar al país para así someterlo de manera directa y sin obstáculos que interfieran su enfermizo afán de dominación absoluta. ¿O acaso, es el fin último de la revolución?

Ojalá no fuera así pues cualquier parecido con tan cuestionadas realidades, sería como exterminar un país que siempre ha vivido afrontando difíciles contingencias. Pero siempre a la luz de los mejores augurios. No obstante, las últimas decisiones gubernamentales vuelven a sitiarlo. Esta vez, emboscando a Venezuela en el más apartado y frío escenario que pueda haber. Espacio este oprimido no sólo por la indolencia que hace emerger la escasez de alimentos y medicamentos. Sobre todo, por la impunidad gubernamental para hacer de las suyas. Caracterizado por símbolos que exaltan la vagancia como filosofía política, la languidez como motivación económica y la postración como mecanismo de socialización.

Las realidades que hoy vive Venezuela parecieran seguir el esquema de algún malévolo proyecto ideológico cuyo objetivo principal es constreñir progresivamente sus capacidades para así validar la vetusta doctrina revolucionaria, según la cual busca justificarse un mecanismo de ingeniería política que desactive el ideario democrático que impulsa al venezolano a revertir toda intención de sometimiento de la cual se vale el régimen para seguir enquistado en el poder.

En medio de todo cuanto pueda referir, falazmente, el Plan de la Patria, cuando señala “convertir a Venezuela en un país potencia en lo social, lo económico y lo político dentro de la Gran Potencia Naciente de América Latina y el Caribe”, sus estrategias constituyen descomunal aberración que revela el nivel de demencia de gobernantes disfrazados de puritanos socialistas. A primera vista, no resulta difícil inferir que debajo de la toma de decisiones hay intereses del más recóndito populismo con el propósito de allanar los suficientes espacios políticos desde los cuales puedan continuar permitiéndose saquear no solo recursos.

Particularmente, la dignidad de venezolanos que vienen dando el todo por el todo por recuperar la democracia bajo la cual se han forjado hermosos proyectos de vida. Entonces, ¿por qué tanta obstinación en condenar al país a posturas de inmovilidad cuando la historia es testigo de que la prosperidad de los pueblos, es el resultado del trabajo de su gente? ¿O será así que Venezuela alcanzará estados superiores de desarrollo? O todo esto que agobia la nación, está retrotrayendo el país hacia turbios suburbios. O acaso, con todo esto está provocándose una ¿devastación a paso de vencedores?

ANTONIO JOSÉ MONAGAS

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