“La leche y el dólar, por Ana María Matute”

I – Amanecimos en 2018 con un salario mínimo de 2,23 dólares mensuales. Sí, ya sé, con el ticket alimentación llegamos a la maravillosa suma de 7,15 dólares. Pero, como se dice coloquialmente, qué les voy a decir que ya no sepan. Una garrafa de 2 litros de “bebida láctea” cuesta 165.000 bolívares; un cartón de huevos más de 300.000; el kilo de pollo (pesado con agua y hielo) más de 200.000. Pero no importa, lo que queremos es pernil.

¿Cuál es la indignación de ver que los generales se llevan más de cinco cajas de perniles deshuesados para sus casas? ¿Cuál es el problema de que las mujeres (primeros y segundos frentes) de los coroneles carguen sus camionetotas con cajitas rojas de perniles? Entiendo, corrupción, ventajismo, abuso. Pero ¿cuántas bocas se alimentan de un pernil de cinco kilos? ¿Cuántos días dura en la nevera de una familia de cinco miembros?

No importa ya que hasta el agua cuesta un montón de billetes, que tengamos que pagar hasta para respirar. La comunicación cubano rojita es tan efectiva que lo que la gente reclamaba los últimos días de 2017 era el dichoso trasero de puerco, porque eso fue lo que le prometieron y, pues, el bravo pueblo reclama que le cumplan sus promesas.

II – Los que reaccionan simplistamente (la mayoría de los políticos de oposición y los defensores a ultranza de una casta de líderes que se queda corta, por no decir otra cosa) se van a poner a decirme que me burlo del hambre del pueblo, que no me importa el dolor ajeno, que la gente quiere conservar sus tradiciones.

Yo lo que les digo es que entiendo perfectamente que para tirios y troyanos sigue teniendo réditos políticos el hecho de que ese “pueblo” –al que prefiero llamar “masa”– sea ignorante, pues les permite seguir con el ciclo interminable de populismo criminal al que nos han llevado. Prometer por prometer pañitos calientes es más fácil que ponerse a diseñar políticas públicas realmente efectivas para recuperar un país despedazado y desahuciado. Políticas sinceras, aterrizadas en una realidad monstruosa, diciendo la verdad, aunque duela. Nunca dolerá más que un niño enfermo.

Entonces, si unos prometen cazón para Semana Santa, los otros prometen elecciones presidenciales “limpias y justas” con el mismo CNE. Da lo mismo.

Mientras tanto, el canibalismo es la conducta que sucede al vivismo criollo. Todo el mundo trata de sacar el mayor provecho posible del prójimo, así sea especulando con los precios, robando litros de aceite de los carros estacionados o metiendo gato por liebre en una compra. Eso, más el odio, la violencia que nos ha robado hasta los buenos días.

III – ¿Dónde están? ¿Dónde estuvieron? Sí, es hambre lo que tiene la gente. No la gente más pobre, que esa lleva más tiempo escuchando roncar la pancita de sus hijos. La gente toda, la gente llana que no está enchufada o que no tiene salario en dólares.

¿Dónde están los políticos mientras la gente pide bombonas de gas, agua o electricidad? ¿Por qué no salen del aeropuerto internacional y se vienen a Antímano, La Vega, Ocumare del Tuy o Maracaibo? Pero no con diez guardaespaldas, bien vestidos, con lentes de sol y la acostumbrada parranda de camarógrafos y fotógrafos para hacer un Periscope.

Insisto, como lo he dicho por Twitter, hay que hablarle a la gente, hay que explicarle cuál es el verdadero descontento que siente en la boca del estómago; hacen falta dirigentes opositores que dirijan, que pongan a la gente en contacto con sus verdaderos sentimientos de rabia, que traduzcan la sensación de estar desolado y desamparado y les pongan en la cara a los culpables.

Lo mismo que hace Nicolás, pues, achacándoles a los portugueses o a los colombianos la culpa de la ausencia del preciado manjar navideño. Hay que explicarle a la gente: si usted tuviera un trabajo bien remunerado y los productores venezolanos de carne de cochino estuvieran trabajando, usted podría ir a un supermercado venezolano a comprar cuando a usted le diera la gana un pedazo o un pernil completo. Y la responsabilidad de que eso no esté sucediendo es del gobierno.

Eso, para mí, es capitalizar el descontento y traducirlo en movimiento para generar un cambio. La pelea no es a ver quién dice más bonito las cosas por Twitter, si en 140 o en 280 caracteres, en video o por el canal de Youtube. Arremánguense las camisas y pateen las calles, que ya nosotros lo hicimos durante 2017 y pusimos los muertos.

Imagino que sabrán que las redes sociales llegan a una minoría de venezolanos que, de paso, ya están convencidos de que este gobierno es criminal. Eso déjenselo a periodistas que, como yo, han decidido señalarle a la dirigencia opositora su lado flaco, no para atacarlos de gratis, sino porque necesitamos que enmienden sus errores.

Ana María Matute @anammatute

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