La patria del carnet, por José Domingo Blanco

¿Cuánto falta para que el carnet de la patria sea el documento obligatorio en Venezuela? Obligatorio para salir del país. Obligatorio para gestionar el pasaporte. Obligatorio a la hora de ir a los registros o notarías. Obligatorio y único documento requerido para cobrar las pensiones en los bancos. Exigido como identificación por los policías y guardias que se apostan en las alcabalas. Solicitado junto con la tarjeta de débito a la hora de pagar nuestras compras. ¿Cuánto falta para que reemplace a nuestra cédula de identidad?

Y eso explicaría los numeritos de Nicolás en las encuestas; porque, pese al desastre de su gestión, su continuidad garantiza esa caja de hambruna, ese techo mal construido y ese dinero devaluado. Es una promesa de cambio en la pésima calidad de vida generada por el mismo régimen. Es una solución ilusoria. Es una cartilla que condiciona al conformismo a quien la porta. Es un modelo de control cortoplacista, muy perverso, que no erradica el problema, pero sí genera dependencia, gratitud, sumisión, conchupancia y lealtad. El hombre nuevo de la revolución que prometió el comandante difunto, y que el régimen actual –continuación “mejorada y ampliada” del anterior– moldea para su beneficio.

Si para algunos compatriotas, la estadía o no en el país se decide después del 20 de mayo, para otros, la imposición del carnet de la patria como único documento válido en Venezuela será el detonante que pondría en marcha el plan migratorio. “Primero muerta que con ese carnet de la patria”, le escuché decir a una señora en la panadería e interpreté su comentario como el último acto de rebeldía de alguien que, seguro, claudicaría ante la exigencia del carnet en la taquilla de emigración.

Después de casi 20 años con este modelo de “desgobierno” no podemos negar cuán hábil y astuto ha sido el régimen. No podemos menospreciar ni descalificar sus intentos por eternizarse en el poder; porque, sin desmayar, ha logrado imponerse, sin miedo a las amenazas de bloqueos, sanciones o intervención extranjera. El régimen se ha ido blindando con el apoyo y el respaldo de la gente que empobreció. Le funcionó –y le sigue funcionando– el plan macabro de someter a sus seguidores a la hambruna para luego soltar unas migajas de comida con la que les condiciona la voluntad y el libre albedrío a la membresía del club de la miseria.

Pregunto, ¿seguiremos tan mal quién sabe por cuánto tiempo, que llegará una época en la que muchos, quizá, recuerden con nostalgia estos días y añoren regresar a lo actual? Es fácil doblegar a un pueblo y exigirle respaldo cuando el hambre, la pobreza y la miseria son los que toman las decisiones. Es fácil controlarlo cuando las pequeñas “dosis” de recursos para solventar los problemas solo las aporta el Estado. Es fácil imaginar, según los escenarios que plantean los expertos, que todo este caos y distorsión son deliberados para obtener así el control absoluto. Una dominación que, gracias al carnet, avanza sin resistencia. Un experimento social de control que cada día suma más voluntarios y va restando patria.

En estos días escuché a un analista comentar que al carnet le añadirán un chip con el que lograrán identificar si quien lo porta tiene antecedentes penales y que, además, se vinculará con la base de datos de la Misión Vivienda. Un avance tecnológico que celebraría si Venezuela fuera una nación libre y democrática, y no el país empobrecido y desahuciado que es en este momento. Supongo que, posteriormente, luego de invertir el dinero –que no tenemos– para modernizarlo, el carnet se convertirá en la resonancia magnética de los venezolanos con la que el régimen logrará saber, incluso, si por los pensamientos del portador ha pasado alguna intención de renunciar al socialismo del siglo XXI.

José Domingo Blanco

Imagen relacionada

Puedes dejar una comentario.

Deja un comentario