Hacia nuevos sacrificios: decidir sin complejos

Desde la mitad del siglo pasado, se debate en conferencias educativas, seminarios académicos, programas televisivos, trabajos científicos, planes de gobierno y columnas de opinión, muchas inquietudes sobre el tema petrolero con el siguiente tono: ¿Qué será de nuestras vidas cuando el petróleo pierda relevancia como producto apetitoso para el mundo? ¿Cómo vamos a sobrevivir sin la industria que nos modernizó? ¿Cuáles son nuestras respuestas a la era pospetrolera? ¿Qué hacer si Pdvsa nos empieza a entregar saldos rojos?

Llegó el momento de contestar a esas interrogantes. Ya no se habla con tanta arrogancia ni griterío cuando se recuerda a las reservas petroleras probadas que tenemos en nuestro suelo. La era pospetrolera ya está aquí y nos encontró sin armas para defendernos. Lo ideal hubiese sido afrontar esta época con un desarrollo industrial portentoso, con bastante esfuerzo y transpiración nacional. Lamentablemente, no ha sido así.

La destrucción de la industria petrolera nos pilló sin escudos. Ofrecemos pocos productos exportables diferentes al petróleo, y cada vez menos, protagonizamos una buena noticia en el mercado energético mundial. Todo lo que ha ocurrido en materia económica en el último tiempo, ha servido para sobresaltar a algunos y poner en la discusión el desafiante asunto de la construcción del país pospetrolero.

El tonelaje de la crisis nos está obligando a razonar de modo distinto (quizás la imposición de las circunstancias podría empujarnos a devolverle el papel clave que debe asumir el Banco Central en las actividades económicas y financieras del país, quién sabe). Aparentemente, ahora nos estamos percatando que un país no puede gastar más de lo que ingresa en sus arcas, porque vivirá un infierno y necesitará varios correctivos dolorosos para salir de ahí.

Ojalá, que en los años venideros se pueda convencer de que la respuesta antiinflacionaria ya no puede ser más la emisión de moneda descontrolada. O que podamos entender que liquidamos a nuestra principal industria y estamos sin músculos propios para poder recuperarla. Por lo anterior, estamos condenados a concertar esfuerzos comprendidos que nos permitan dejar de ser un país surrealista. Para ello, necesitamos escuchar un discurso -con seriedad- que nos explique las penurias que debemos sufrir hoy, quiénes debemos sacrificarnos y con qué propósito hacerlo.

Si nos dicen: “Debemos hacer reformas fiscales que nos permitan maximizar la recaudación”. Nosotros respondemos: “Está bien. Pero, ¿quiénes son los sacrificados y con qué objetivo?”. Si nos proponen: “Vamos a reorganizar nuestra cartera de inversiones y asignaremos los recursos en distintos sectores industriales nacionales y extranjeros”. Contestamos: “De acuerdo. Sin embargo, ¿podrían explicarnos cuáles son los beneficios, por qué se eligen esos sectores económicos y durante cuánto tiempo estaremos así?”. Todo lo que decidamos debe poner en primer lugar a la población frágil que no debe ser más presas del mesianismo.

El país ya no está para evadir temas espinosos con el argumento de que se causará más turbulencias. Al contrario, si omitimos estas discusiones se provocará más desordenes. Llegó la hora de discutir sin complejos las formas de reducir gastos; debemos deliberar sin complejos cómo rompemos con todas las estructuras que contribuyen a eternizar la dependencia de la población vulnerable al “humor gubernamental”; estamos obligados a polemizar sin complejos sobre la asistencia financiera de los organismos multilaterales para transitar el largo proceso de reconstrucción. Lo más responsable es reflexionar sin complejos sobre qué será más importante: ¿Los costos económicos, políticos o los costos humanos?

De toda esta calamidad van a surgir reformas que fortalecerán las instituciones y el Estado de Derecho. De toda esta tragedia va a quedarnos en la mente con nitidez que no podemos gastar más de lo que tenemos, y que si queremos consumir más, simplemente tenemos que producir más. Desde hace un buen rato que el petróleo no nos alcanza para todo. ¿A quién queremos engañar?

OSCAR MORALES RODRÍGUEZ

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