Cuando la remesa ya no alcanza

Salir de Venezuela para lanzar, desde afuera, un salvavidas económico a quienes quedan atrás. La realidad de muchos se trastoca por la velocidad en que la hiperinflación devora incluso los envíos en divisas extranjeras. Por las calles de Perú el tema corre de boca en boca. Y la presión por producir más dinero marca la agenda.

Era lunes y María Méndez, aunque estaba en su día de descanso, seguía trabajando desde la pequeña habitación donde vive. Estaba chateando con su celular en la mano, tenía una libreta y un lapicero. Allí estaba cuadrando una venta que le iba permitir cobrar una comisión. Al igual que muchos, es una emigrante que le tocó huir de Venezuela en julio de 2017. Se graduó de administradora de empresas, pero en el exterior le ha tocado aprender de un rubro diferente. Ahora es promotora de una compañía que fabrica y ensambla colchones.

A María no le paraba de sonar el celular. Mensajes iban y venían y entre esos estaba el “ganador”. Entonces se llenó de emoción. La venta fue fructífera, por lo tanto debía recibir una comisión por ello. Al día siguiente, la mujer de 36 años se alistó para cobrar su parte, pero ya sabía desde hacía unos días atrás que debía enviar 100 soles a su tierra natal, el equivalente a 29,76 dólares americanos. ¿La razón? Le informaron que el Clonac, antiepiléptico de 2 miligramos, de 30 cápsulas, se conseguía en noviembre de 2018 en un monto que rondaba los 6.200 bolívares soberanos.

La oriunda de Maracay no salió de su patria “por moda”, sino con la convicción de ayudar a un familiar directo. Sus padres fallecieron hace años y su único hermano sufre de autismo y retardo mental severo. Vive con una tía, y los ingresos no son suficientes para los tratamientos diarios, comidas y demás cuidados. Desde Lima, María saca cuentas y divide el dinero. “La comisión que cobré es de 300 soles, 89,28 dólares, le tengo que mandar 100 a mi hermano, me quedo yo con 200 para 15 días”. Eso sí, en su esquema de preocupaciones están las deudas adquiridas allá, el dinero para el transporte local y su propia subsistencia en la capital peruana. “Así se vive aquí, juntando churupos de un lado y de otro”, refiere cabizbaja.

Hechas las cuentas, acudió a una casa de cambios para conseguir dólares y enviarlos a Venezuela. En la taquilla había una fila de cinco personas esperando su turno, todos venezolanos. La conversación entre los presentes fue la usual: lo que envían no cubre las necesidades de quienes reciben. “Pero algo es algo”, se escuchó decir. Una joven preguntó en cuánto estaba la tasa de cambio. “A 84,30 soberanos”, le respondió un hombre que portaba un morral escolar tricolor, de los que distribuían los CLAP.

Al llegar su turno, María dio el número de cuenta en donde debía ser enviado el dinero, entregó los 100 soles y recibió un voucher con los datos de su transacción. Por dicha cantidad, sus familiares en Venezuela recibieron 8.430 bolívares soberanos, equivalentes al cambio de ese 19 de noviembre. En aquel momento ello representaba más de cuatro salarios mínimos, pero la inflación y el costo de la vida empuja más.

María gana un sueldo de 750 soles, unos 223 dólares al mes. La cantidad suena abultada desde Venezuela, pero la realidad es otra. Ella misma, desde otras fronteras, percibe que los precios en su país natal suben cada día, obligándola a aumentar la cantidad de divisas que transfiere. Es el extraño caso de una inflación que sobrepasa a la devaluación y termina contagiándola.

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El economista Jaime Quijada manifiesta que, aunque sea una tendencia, toda persona que está fuera del país y envía remesas a Venezuela se ha dado cuenta de tales aumentos. Ahora, con la misma cantidad se compra menos. La velocidad con que suben los precios es mayor a la del tipo de cambio. “Los grandes capitales se fueron a otros mercados, como el laboral y a otro tipo de bienes y servicios, y no se fueron al de dinero, al de dólares, entonces eso hizo que el tipo de cambio se mantuviera constante, mientras que el de los precios si se disparó muchísimo”, precisa. Por esto, cada vez que los venezolanos efectúan envíos de dinero desde el extranjero, las cantidades en bolívares siguen siendo muy similares, sin sufrir aumentos sustanciales, a pesar de que la cantidad en divisas sí se incremente.

El ritmo con el que se multiplica la inflación en Venezuela es inalcanzable para el tipo de cambio bolívar-dólar. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevee que la inflación alcanzará 10.000.000 por ciento en 2019, por lejos la mayor del mundo. El presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, diputado Rafael Guzmán, precisó que para el mes de noviembre de 2018 la inflación llegó a 144,2%, teniendo una anualizada de 1.299.724%.

Emigrar para ayudar

Con ansias esperan la mamá y el hermano de Alejandro Salas el ingreso que reciben para sobrevivir: los 100 soles que él les envía mensualmente desde Perú. Desde su llegada a Lima, hace siete meses, Alejandro no ha escatimado para cumplir fielmente con su tarea. “Sé que no es suficiente, pero espero poder ayudarlos más cuando esté mejor económicamente”, dice.

Trabaja cerca de doce horas en Gamarra, una popular calle comercial de la capital peruana. Salió de Caracas porque, a pesar de tener un trabajo estable en una compañía de seguros, su sueldo más el de su madre no alcanzaban para pagar el alquiler, la alimentación del hogar y los estudios de su hermano menor. Sin embargo, estando en Perú no se siente cómodo, porque con las remesas que envía, producto de su trabajo como vendedor de edredones y sábanas, sus familiares no logran cubrir los gastos básicos.

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Alejandro forma parte del 66,3% de los venezolanos que envía dinero desde la nación inca, según estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), principal agencia intergubernamental que monitorea el flujo de migrantes en Latinoamérica. La OIM asegura que la mayoría de los que tienen la posibilidad de hacer envíos (66,4%) lo hacen por transferencias bancarias a través de agencias, mientras que otra gran parte (33,8%) paga a personas independientes que ofrecen cambiar soles a bolívares. Más de la mitad de los venezolanos que hoy se encuentran en tierras peruanas hace algún aporte económico a Venezuela.

Vanessa Cox migró dos veces. Después de estar en la cima de su carrera profesional, decidió irse a Panamá, donde conoció a un peruano y se enamoró. Ambos decidieron hacer maletas y enrumbarse a Lima, pensando en tener mayor estabilidad y legalidad. Ahora, tienen dos años viviendo en la capital peruana. Cox extraña la economía panameña dolarizada, ya que le permitía enviar una mayor cantidad de remesas a sus padres, quienes viven en Cojedes y perdieron sus empleos por la crisis económica.

Durante los últimos dos años, los padres de Cox han vivido con el equivalente a 50 dólares que ella y su hermana les hacen llegar mensualmente. Esto equivale al 18% del sueldo mínimo en Perú, que es de 276 verdes, al cambio en soles. Eso es lo que ella recibe trabajando como agente inmobiliaria y que le permite, apretadamente, pagar sus gastos en Lima. Admite que las bolsas del Clap han sido un apoyo para sus familiares, quienes obtienen este beneficio dos veces al mes. “Sin esa ayuda no les alcanzaría”.

Antonio Rodríguez vive en Caracas, y recibe remesas desde Perú. Sus primos le mandan entre 200 y 250 soles cada me -entre 50 y 70 dólares norteamericanos-. El número no es despreciable cuando el bolívar soberano se viste de ceros a la izquierda cuando se compara con el billete de Washington, pero tener un número grueso en la cuenta bancaria tampoco es garantía de poder comprar más que mortadela, queso, suero, mayonesa, mantequilla, verduras y frutas. Proteínas como la carne y el pollo hace rato que desaparecieron de su refrigerador. Rodríguez necesitaría cerca de 300 dólares para cubrir la canasta básica alimentaria, según cálculos del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM). A pesar de que no sea suficiente, Rodríguez, quien funge como encargado de una tienda de refrigeración, agradece que familiares puedan ayudarlo de esta manera, ya que tiene un hijo de dos meses y su sueldo —mínimo, de 4.800 bolívares soberanos— no le permite mantener a su esposa y dos retoños.

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Daniela Parra, psicóloga clínica venezolana radicada en Perú, explica que a pesar de que sus compatriotas emigrantes llegan a los países de destino con profundas heridas emocionales, se sienten más útiles que en Venezuela, ya que al enviar dinero a sus familiares pueden contribuir a paliar la crisis. “El solo hecho de trabajar durante una semana, quince días o un mes, y tener la tranquilidad de que lo que se manda a Venezuela solventa algo mantiene al venezolano motivado. Es una mezcla de emociones que hay que saber comprender. Muchas veces se sufre puertas adentro, y eso tiene que saberlo y tomarlo en cuenta la familia que queda en Venezuela, porque desde allá las cosas se ven mucho más sencillas, se ven mucho más fáciles”, comenta la especialista.

Los venezolanos han tenido que ingeniárselas para que el dinero que envían desde el extranjero realmente pueda ser de utilidad en Venezuela. “Que el dinero que se mande no alcance hace que el venezolano nuevamente se replantee crear otra estrategia para sacar un dinerito extra que permita compensar lo que tal vez no puede mandar, pero sí o sí, desde aquí la sensación es que se es más funcional”, afirma la especialista.

Triangulación

De acuerdo a la Real Academia Española, na remesa es la “remisión o envío de algo de una parte a otra”. El analista financiero Jaime Quijada explica que la concepción en Venezuela es diferente. “El proceso es el siguiente: la persona que sigue en Perú tiene acceso a soles y se los vende a una persona que hace envíos. ¿Qué es lo que hace esta persona? Acude a una casa de cambio, que ya existía previamente antes de todo el tema migratorio en Perú, y cambian los soles por dólares. Luego esos dólares los cambian a bolívares por un precio más caro de lo que están comprando los soles. Contablemente ese dinero nunca sale de Perú, sino que queda en ganancias o utilidades de las empresas de casas de cambio y una parte va a los salarios, pago de alquileres, pago de servicios públicos”.

En Venezuela, a diferencia de México u otros países que no tienen control cambiario y que sí reciben remesas directas de los emigrantes, estas no entran al país en forma de divisas. El esquema obliga a la participación de intermediarios que cuentan con bolívares, que son depositados en cuentas locales a tasas de cambios variables, nunca la oficial.

Desde diciembre de 2018, el gobierno venezolano resolvió ordenar a la banca nacional que se impida el acceso y manejo de cuentas locales a través de conexiones hechas desde el extranjero.

YAREXI ÁLVAREZ Y PIERINA SORA (PERÚ)

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