En Venezuela solamente queda un futuro de miseria

Lo que a principios de año parecía una recuperación económica, en Venezuela se convirtió en una pesadilla durante la pandemia. Las sanciones de Estados Unidos, entre otras, sumieron al país en una crisis de difícil salida. De manera sorpresiva, a comienzos de este año, Venezuela vivió algunos signos de recuperación económica adjudicados al crecimiento de las remesas de migrantes (los estimativos apuntan a US$4 mil millones en 2019), el aumento de la producción de petróleo a finales de 2019 e incluso a la flexibilización de algunas sanciones por parte de Estados Unidos.

Este panorama redundó en un incremento del consumo que hizo pensar en una suerte de boom impulsado por la llegada masiva de dólares. Tras años de fuertes reveses económicos, por primera vez, asomó la idea de una recuperación económica que, aunque tímida, resultaba esperanzadora.

A pesar de que la caída del PIB había sido aguda en 2019 (cercana al 35 %), se esperaba que el ritmo de contracción disminuyera y la caída se ubicara en el orden del 10 % al finalizar el año. La hiperinflación, cuyo efecto económico y social ha sido devastador, mostraba signos algo alentadores y parecía estar cediendo en la medida en que el narcorégimen de Nicolás Maduro implementaba decisiones de política económica que apuntaban a reducir la cantidad de circulante.

Fue tal el aliento económico, que Caracas aumentó el envío de petróleo a La Habana, luego de varios y drásticos recortes que le significaron a la isla, el retorno a las épocas de escasez de combustible con efectos sobre el suministro energético y dificultades para el transporte de alimentos y la movilidad. Sin embargo, aquel respiro duró poco.En medio de la pandemia la economía venezolana volvió a desplomarse.

Se trata de la caída dramática en la producción de petróleo que se explica por una fatal combinación de factores, entre los que se destacan: las sanciones impuestas por EE.UU., el desplome del precio internacional, la contracción mundial de la demanda, la casi nula reinversión de las utilidades en la empresa petrolera estatal y la salida masiva de empleados calificados.

Para hacerse una idea de la proporción del retroceso, basta recordar que la producción en 2011 llegaba a los 3,5 millones de barriles diarios y se pretendía alcanzar los 5 millones en 2014, meta jamás alcanzada. En 2018, la producción diaria de petróleo se calculaba en 1,5 millones y, actualmente, según las cifras de fuentes secundarias de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la producción no logra llegar a los 400 mil barriles, cifra muy inferior a la de un país como Colombia, que no es precisamente uno de los jugadores principales en el mercado petrolero mundial.

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Por estos días, la oposición ha recordado una célebre alocución de Hugo Chávez en 2012, en la que aseguraba que la producción llegaría a los 6 millones diarios en 2019, cálculo apoyado en las posibilidades de extracción de la Faja del Orinoco, que concentra las mayores reservas de petróleo del planeta según los datos de la OPEP. Para ello era necesario mantener el apoyo de empresas petroleras extranjeras, pero cuyo distanciamiento ha corroído la capacidad productiva que, en otras épocas, fue la base de una revolución basada en la redistribución.

Según las cifras oficiales, el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, se situaría en 0,37, uno de los más bajos de la región, con una tendencia hacia la equidad. No obstante, dos factores generan fundadas dudas sobre la estadística: la ausencia de datos sobre Venezuela en las estimaciones del Banco Mundial por la poca información al respecto, y el caos económico y la ausencia de transparencia dificultan el rastreo de los datos.

La última encuesta nacional de condiciones de vida (Encovi) señala dicho coeficiente en 0,51 lo que la ubicaría como el más desigual en América Latina después de Brasil. Y, más allá del debate sobre la certeza de la cifra, sin capacidad para generar bienestar material, cualquier avance redistributivo parece infértil.

La caída del precio internacional del crudo constituye el factor de choque más agudo para la ya deteriorada economía venezolana. Un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), fechado en marzo pasado, aseveraba que la disminución del precio del petróleo de algo menos de US$60 a US$40 el barril, se traducía en una pérdida de US$9.000 millones en la contabilidad de las finanzas públicas nacionales, en otros términos: un sacrificio del 1 % en el PIB por cada 10 puntos porcentuales de reducción en los precios mundiales del petróleo.

En este cuadro aparecen las sanciones impuestas por EE. UU. y que Donald Trump, a diferencia de su antecesor, hubiese decidido no solo castigar a personal comprometido con violaciones a los derechos humanos, sino que como parte del aislamiento para hacer inviable el sistema económico sancionara a la industria petrolera. Como un efecto que se desprende de las sanciones, empresas y Estados prefieren evitar tener transacción alguna con Caracas.

El gobierno chavista se ha servido de las sanciones para alimentar una retórica orientada a atribuirle a la denominada “guerra económica” la responsabilidad del descalabro económico, al tiempo que las sanciones se han ido agravando pese a su limitado efecto.

Uno de los reveses más representativos fue la sorpresiva salida de la empresa rusa Rosneft, para evitar las sanciones por parte de Washington, a lo que se le ha sumado un inminente colapso en la operatividad de las plataformas de explotación que, según la firma estadounidense Baker Hughes, reportaron una producción de cero durante el mes de junio.

En un informe de Marianna Parraga y Roslan Khasawneh para Reuters, se asegura que unos 16 tanqueros con más de 18 millones de barriles de crudo y combustibles de Venezuela están estancados en aguas de varios Estados, por el temor de los compradores a las sanciones.

El desplome de la renta petrolera ha supuesto una progresiva liquidación de las reservas internacionales que han caído a valores mínimos, y que fácilmente se ubican en el orden de los US$1.000 millones en activos líquidos. La situación de insolvencia no parece solucionable, al menos parcialmente, a través de la puesta en marcha de mecanismos de endeudamiento, debido a que instituciones como el Fondo Monetario Internacional han condicionado la ayuda financiera hasta tanto se resuelva el asunto sobre la disputa acerca de la legitimidad del gobierno. Rusia, que ha brindado ayuda monetaria a Venezuela, ha venido limitando su compromiso económico y ha optado por establecer los términos de una reestructuración de los pasivos que Caracas ha contraído en el pasado.

A pesar de la inocultable agravación de la crisis, no parece haber estímulos para que gobierno y oposición dialoguen siquiera para discutir un plan consensuado de recuperación económica. El narcorégimen de Maduro preserva su autoridad sobre una porción significativa del establecimiento, goza del respaldo militar, pero se enfrenta ante la imposibilidad de generar recursos que le permitan viabilizar a la economía, mientras que el gobierno interino de Juan Guaidó, ha avanzado en la consecución de cierta legitimidad interna e internacional, pero carece de las herramientas necesarias para ejecutar una política económica funcional, lo que en suma ha condenado al país a un estado de letargo socioeconómico.

Todo este panorama de estancamiento también resulta útil para demostrar lo rebatibles que parecen las fórmulas que le apuestan al debilitamiento económico como estrategia fundamental para propiciar las condiciones necesarias para una transición política, incluso en una crisis tan aguda como la de Venezuela.

Parte de la explicación podría residir en el hecho de que el nivel de compromiso político de la ciudadanía venezolana para propender por un cambio se ve fuertemente reducido en un contexto de altísimas carencias sociales que imponen la necesidad de pensar en cómo resolver el día a día y dejan en un segundo plano asuntos igualmente graves, como el alto grado de fractura política e institucional de la nación.

Daddy LLUKA, con información de -El Espectador-

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